14 ene 2026

Alfredo Llamas Gallego (Chivo loco) Radiografía de un docente impresentable.


Dos de los tres acorazados de clase Iowa en escala 1/72, durante su puesta a punto en la sala del Museo Grand Central. Según este lamentable y poco higiénico "profesor" apodado Chivo loco, que por supuesto, de Benavente tenía que ser, lo que veis es una estafa orquestada por un embustero que no sabe lo que hace. Su nivel, Chivo loco, va a ser evidenciado a continuación y desde luego, hace honor a su apodo.
 


Es un placer saludarle, Chivo loco. Desde que tuve el gusto de echarle del Museo, he seguido con cierto interés las noticias de sus últimas "gestas" sociales. Me fascina, de una manera puramente clínica, esa asombrosa arquitectura de su psique: cómo ha logrado construir un rascacielos de ínfulas de superioridad moral e intelectual sobre unos cimientos de ignorancia, mala educación y estulticia tan vastos y profundos, que podrían tragarse la mismísima Iglesia de Santa María del Azogue sin dejar rastro.

Es usted un espécimen digno de estudio, Chivo loco. Un profesor, por llamarlo de algún modo, que confunde la ideología con la patología. Se hace llamar comunista, supongo que por esa romántica, estúpida y equivocada idea de que la mediocridad debe ser repartida a partes iguales, o bien porque no le gusta que alguien ponga en evidencia su adolescencia de conocimiento, pero lo que usted practica no es marxismo, es una simple y vulgar carestía de espíritu, aliñada con el vinagre del idiota congénito, que vive en una simulación y que no se ha enterado aún de la caída del muro de Berlín. Pero lo suyo, Chivo loco, nunca ha sido la educación, fue la degradación, acompañada del efecto Daning Krueger a un nivel nunca visto. En fin.

Una de las cosas que me mueve a escribir esto, desde mi tranquilo retiro en el Museo, es su peculiar costumbre de insultar a los anfitriones cuando es invitado a una casa. Es una falta de etiqueta tan absoluta y repugnante, que hace que mis papilas gustativas se estremezcan de indignación. Verá, la hospitalidad es un rito sagrado. Cuando uno entra en el hogar ajeno, se convierte en parte de un ecosistema delicado y controlado. Pero usted entra como un chivo, nunca mejor dicho, en una cristalería, balando consignas que no comprende y desparramando una soberbia que solo alguien que no ha leído un libro en décadas —o que los ha leído todos al revés— podría exhibir.

Por supuesto, tras sus desplantes, los anfitriones terminan por invitarle a abandonar el recinto, como ha sido el caso del Museo. Es decir, que le echan a patadas. Y usted, en su infinita ceguera y entre risas propias de un idiota asilvestrado, probablemente lo interpreta como una victoria dialéctica, como el martirio de un intelectual incomprendido frente a la plebe local. Permítame sacarle de su error: no le echan por ser un revolucionario o por ser muy listo; le echan porque es usted un grosero insoportable, un asno y un ignorante con pretensiones.

La ignorancia, Chivo loco, es como el mal aliento: el que la padece nunca se da cuenta, pero es el primero en hacer que los demás se aparten. Usted llega a las cenas con el aura de quien va a repartir sabiduría, pero solo reparte ruidos de fondo, basura y mediocridad. Su supuesta superioridad moral es tan frágil que colapsa ante la primera pregunta con fundamento, y es ahí cuando recurre al insulto y a la burla. Es el último refugio del hombre que sabe que su "intelecto" es solo un traje de cartón piedra empapado por la lluvia de la realidad.

Debe de ser agotador ser usted. Mantener ese personaje de "sabio" para justificar lo que no es más que falta de educación y una ignorancia de niveles insultantes. Como bien sabe por experiencia propia, en mi mundo, las personas que no saben comportarse en la mesa, no se sientan más en ella. Siempre doy una segunda oportunidad, e incluso una tercera pero usted, ya agotó el límite. Le doy un consejo, ahora que disfruta de su jubilación en la calma de la provincia o donde quiera que esté haciendo perder el tiempo a los demás: la próxima vez que sienta el impulso de insultar a quien le ofrece pan y cobijo, cierre la boca. No por respeto a ellos, sino por pura supervivencia estética. El mundo ya tiene suficientes ruidos desagradables, idiotas, retrasados mentales y cenutrios, como para añadir a él sus balidos pseudointelectuales. Y, por favor, no intente colar más en casa ajena, a ese "Border line" de hermano que tiene, pues los demás tenemos cosas mejores que hacer, que educar y aguantar a retrasados mentales.

Sin embargo, hay un detalle en su currículum de bajezas, detalle que he presenciado en primera persona, en mi propia casa, y que me ha motivado, junto a lo anterior, a dejar un momento la construcción del nuevo acorazado en escala 1/72, para dedicarle estas líneas: su afición por mofarse de los enfermos de cáncer. Vaya, chivo loco, qué falta de etiqueta. Qué grosería tan... zoológica. Burlarse de la fragilidad de la carne cuando la suya propia ya empieza a oler a podrido, y se acerca a ese momento sublime de ser introducida en una apestosa caja de pino barato, es una ironía que no ha pasado desapercibida. El cáncer es un proceso biológico elegante, una célula que decide ser egoísta en un cuerpo que ya no sabe cómo controlarla. Usted, en cambio, es un tumor social: no aporta nada, consume recursos y solo genera malestar y asco en el tejido que tiene la desgracia de rodearle.

Me pregunto, mientras saboreo un vaso de un sencillo vino del Valle de Vidriales, qué se siente al ser un profesor jubilado que no ha dejado más huella en sus alumnos que el alivio de su ausencia. Lo sé, pues sus alumnos vienen a este Museo con frecuencia, y se ponen a hablar sobre usted. Lo hacen ellos, no yo. Debería escucharlos. Usted cree que es un pastor de ideas, pero no es más que un caprino atolondrado que corre en círculos, asustado por las luces de una cultura que jamás llegará a comprender. Su ignorancia no es solo una falta de datos; es una elección estética en la que se mueve como un chivo dentro de su cercado. Se envuelve en la bandera de la clase obrera mientras desprecia la humanidad más básica, esa que se encuentra precisamente en la compasión hacia el que sufre. Su comportamiento, es el pináculo del desagradecimiento y el mal gusto. 

No se equivoque, mi querido Chivo loco. No le escribo para juzgarle desde un pedestal moral. Para etiquetar a la gente y juzgarla, ya le tenemos a usted. El mundo necesita gente como usted; son la guarnición ruidosa y algo amarga que hace que el plato principal destaque. Pero tenga cuidado. Esa arrogancia es un aroma muy fuerte, y hay rastreadores que, a diferencia de usted, sí sabemos distinguir entre un hombre de principios y un bufón que ha olvidado su guion.

Siga usted balando en sus tertulias de café, siga creyéndose el centro de una revolución que ya ocurrió y de la que usted solo heredó el rencor. Pero recuerde: la falta de respeto hacia la enfermedad es una invitación a que la realidad le recuerde, y lo hará, de la forma más cruda y salvaje posible, lo que significa ser realmente vulnerable.

Le observo, Chivo loco, y veo a un hombre que ha construido un fuerte con libros que no ha comprendido y banderas que solo sirven para ocultar su propia mediocridad. Es usted un hombre de etiquetas, ¿verdad? Le resulta más cómodo clasificar al mundo en bloques de granito —"opresor", "oprimido", "burgués", “peliculero”— que enfrentarse a la caótica y exquisita complejidad de la psique humana.

Lo que me resulta verdaderamente delicioso —en el sentido más estrictamente gastronómico de la palabra— es su arrogancia. Usted camina por el mundo convencido de que la memoria de los demás es un lienzo en blanco sobre el cual puede pintar su asquerosa y retorcida versión de la historia. Cree que la vida, los actos y los recuerdos son una arcilla que puede moldear a su antojo porque, según su diagnóstico, "mentimos" o "no recordamos" bien nuestro pasado. Su insistencia en contar a los demás quiénes son delata una inseguridad patética. Usted no analiza la realidad; la deforma para que encaje en su estrecha y mediocre visión colectivista. En su afán por igualar a todos, ha olvidado que algunos nacemos con el paladar más fino y los colmillos más largos. Su ignorancia no es falta de datos, es una atrofia sin límite.

No se confunda. El hecho de que yo no dé noticias no significa que usted sea libre. Usted es esclavo de sus dogmas, de sus fantasías de atolondrado y de ese ruido mental que confunde con intelecto. Disfrute de sus etiquetas mientras pueda, querido Chivo. Pero recuerde: cuando uno se dedica a balar tan alto, solo logra que el lobo sepa exactamente dónde encontrarlo.

Ahora, acompáñeme de la mano, Chivo loco, pues vamos a dar un paseo por su mundo repleto de ignorancia y mal gusto. Vamos a mostrar a los lectores, de dónde viene mi asco consumado, no exento de diversión, hacia ciertos elementos silvestres que practican la docencia, y convierten esa noble profesión en basura. Vamos a recordar algunas de sus afirmaciones, que mi Padre, ese enfermo de cáncer que tan bien le trató siempre, y al que usted en mi presencia y abusando de mi confianza, llamó desmemoriado y “peliculero”, definía como “Las teorías del Chivo loco” y que usted, no paraba de repetir en clase y fuera de ella. ¿Comenzamos?

1-”En escala 1/72, un centímetro equivale a nueve metros , pues es factor 9” (Chivo loco, 1997)

Verá, Chivo loco, me fascina su concepto del "Factor 9". Es una construcción mental deliciosa. Afirmar que en escala 1/72 un centímetro equivale a nueve metros es, cómo decirlo con delicadeza... una grosería intelectual que me revuelve el paladar y el paralex. Es el equivalente matemático a servir un Vega Sicilia con unas gominolas de gasolinera, en el retrete de un estadio de tercera.

Permítame que, con la paciencia que reservo para los que aún, a pesar de la edad, no saben que son tontos a nivel genético, le ilumine sobre la naturaleza de la escala.

Cuando hablamos de 1/72, no estamos invocando un número mágico del Tarot. Estamos ante una fracción. Una proporción. Significa, Chivo loco, que el objeto real es setenta y dos veces más grande que la representación que usted ve en la sala del Museo.

Hagamos un esfuerzo. Para una persona como usted, con un coeficiente intelectual de dos cifras por debajo de diez, va a ser complicado, pero intente seguir el rastro de migas de pan:

  1. Un metro tiene 100 centímetros.

  2. Si usted tiene un centímetro en sus dedos, y la escala es 1/72, ese centímetro representa 72 centímetros en el mundo real.

Usted, con una audacia que envidio, afirma que ese centímetro son nueve metros. Nueve metros son 900 centímetros. Para que su "Factor 9" fuera cierto, estaríamos hablando de una escala 1/900. ¿Se da cuenta de la magnitud de su grosería? Está usted encogiendo la realidad, simplemente porque el número nueve le resulta simpático o, quizás, porque rima con su obstinación. También puede ser que, al igual que el pobre Azarías, no sepa contar mas. ¿Quién sabe?

El portaaviones USS J. F. Kennedy, en escala 1/72 en la sala de exposiciones del Museo Grand Central. El buque ha sido reconstruido con el añadido de un nuevo diorama de 24m2 y más de cinco mil piezas fabricadas en impresión 3d, diseñadas en Autocad y fabricadas en las impresoras del Museo. Al fondo, podemos ver el acorazado HMS King George V.

Vi con perplejidad que se rio cuando intenté explicarle el concepto de escala. Esa risa, Chivo loco, es el sonido de la entropía. Es la risa del tonto machadiano que confunde el aroma de una trufa con el de un calcetín sudado y se burla del chef. Usted no está "simplificando"; está cometiendo un pecado contra la precisión. Y yo, como bien sabe, tengo muy poca tolerancia con los malos modales... y con los errores de cálculo.

La escala 1/72 es una de las más populares en el modelismo militar. Un caza Spitfire de la Segunda Guerra Mundial a esa escala, mide unos 15 centímetros de envergadura. Según su "teoría", ese avión tendría una envergadura real de 135 metros. Sería más grande que un portaaviones, un monstruo de aluminio que desafiaría las leyes de la física casi tanto como usted desafía las de la decencia intelectual. El hecho de que usted, Chivo loco, no sepa lo que es una escala, nos indica que tampoco sabe lo que es una multiplicación y una división.

Le sugiero, Chivo loco, que guarde su "Factor 9" en el mismo cajón donde guarda sus otros delirios de grandeza. La realidad no es una sugerencia, profesor. Es una constante.

Tercio delantero del nuevo acorazado de la clase Iowa, en escala 1/72, en fase de construcción en el Museo Grand Central. El buque combina un casco y una volumetría de construcción tradicional, de madera, con un detallado completo - 6.400 piezas - diseñadas en Autocad en el Museo y fabricadas con las impresoras 3d del mismo. 

2- “El Bismarck era un barco que se disfrazaba de barco inglés y repostaba en puertos británicos sin que éstos se enterasen. Era, el barco fantasma” (Chivo loco. Clases de historia en el Colegio Virgen de la Vega de Benavente)


Ahora, Damas y Caballeros, ya entramos en materia pesada, nunca mejor dicho. Es fascinante, casi delicioso, el modo en que su mente, Chivo loco, decidió ignorar la brutal realidad del acero alemán para abrazar la ficción. Ese relato suyo sobre el acorazado Bismarck disfrazándose de navío británico y repostando en puertos de Su Majestad bajo las narices del Almirantazgo es, sencillamente, una exquisitez de la ignorancia. De hecho, es una de las mejores imbecilidades, si no la mejor, que se ha soltado en una clase de historia. Me pregunto, ¿qué cenaba usted por aquel entonces? ¿Quizás algún hongo silvestre mal identificado de los valles del Esla?¿Quizás lo que los habitantes del subsuelo de Nueva York llamaban “Champiñones”? ¿Estramonio? Increíble.

Permítame que, con la precisión de un escalpelo quirúrgico, le diseccione la realidad de aquel "barco fantasma" que solo existió en sus desvaríos pedagógicos.

El acorazado Bismarck, que era una mole de más de 50.000 toneladas de orgullo alemán, solo realizó una incursión operativa: la “Operación Rheinübung” en mayo de 1941. No hubo disfraces de carnaval ni visitas clandestinas a Portsmouth para pedir prestado un poco de fuel y unas pastas para el té. El Bismarck, al mando del Almirante Lütjens, salió de Gdynia escoltado por el crucero Prinz Eugen con un objetivo sombrío: estrangular las líneas de suministro aliadas.

El Bismarck, fotografiado desde el Prinz Eugen durante la Operación Rheinübung”, la primera y única salida operacional del acorazado alemán, en mayo de 1941. 

Usted hablaba de invisibilidad, pero el Bismarck era tan sutil como un elefante en una cristalería. Debido a su tamaño, intentar disfrazarlo de otra cosa era como intentar colar a Richard Kiel de incógnito en una fiesta de Elfos domésticos. Por supuesto, usted asume que los ingleses no tenían control alguno de los buques que entraban en sus bases, ni conocían la posición de sus buques de la Home Fleet. En pocas palabras, cree que eran tan tontos como usted y eso, concuerda con su patología, que he observado en directo, consistente en proyectar en los demás lo que usted es.

El Bismarck Fue avistado por la RAF en el fiordo de Bergen, por la resistencia noruega y luego fue seguido por los cruceros británicos Suffolk y Norfolk hasta el Estrecho de Dinamarca. Por supuesto, los británicos siempre supieron lo que era el Bismarck y los alemanes no hicieron lo más mínimo para ocultarlo. Allí, en la batalla del estrecho Dinamarca, en un despliegue de salvajismo que usted seguramente confundiría con un truco de magia, el Bismarck hundió al crucero de batalla HMS Hood, al mando del Vicealmirante Sir Lancelot Holland, en apenas seis minutos, y molió al acorazado Prince of Wales. No fue un truco, querido Chivo loco; fue física pura, cordita y la atrevida distribución de blindaje del crucero de batalla inglés.

Pero aquí termina el cuento de hadas. Su "barco fantasma" no repostó en puertos ingleses; de hecho, su mayor tragedia fue no repostar lo suficiente en Noruega, lo que le obligó a cojear hacia la Francia ocupada, una vez que resultó dañado en su encuentro con el Hood y el Prince of Wales. La persecución a través del Atlántico fue una carnicería orquestada por los portaaviones Ark Royal y Victorious y sus anticuados biplanos Swordfish. La Royal Navy tuvo que movilizar a toda su flota para intentar acabar con el Bismarck, algo muy discreto y silencioso, sí señor. Un solo torpedo, un golpe de suerte en el timón, y el Bismarck quedó dando vueltas en círculos, como un chivo —loco o no— atado a una estaca.

Botadura del casco del Bismarck. En la fotografía puede observarse que en un principio, disponía de una proa tipo "Báltico". En vista del mal comportamiento de la misma en los cruceros de batalla Scharnhorst y Gneisenau, se decidió reemplazarla por una más lanzada. Puede observarse el tamaño del buque, y sobre todo, la "discreción" que lo rodeaba. 


Finalmente, el 27 de mayo, fue neutralizado por los acorazados King George V y Rodney, al mando del Almirante Sir John Tovey. No hubo camuflaje que lo salvara de las 2.800 toneladas de munición que recibió antes de hundirse en el abismo. Los ingleses no le invitaron a puerto; lo enviaron al fondo del Atlántico y siempre supieron lo que tenían delante.

Me resulta entrañable que en Benavente, se permitiera a un hombre con tal desapego por la verdad histórica moldear mentes jóvenes y sentar cátedra de algo. Es indudable que el deplorable estado actual de Benavente, se deba, al menos en parte, a idolatrar a mediocres atolondrados como usted. El Padre Baudilio, ese hombre sabio, y experto en ciencias naturales, debió ver en usted una especie de entretenimiento zoológico, al bautizarle "Chivo Loco"... hay una cierta cadencia rítmica en el nombre, ¿no cree? Casi se puede oler el establo, los saltos y la confusión mental. Su apodo, dice mucho de la consideración que su superior tenía para con usted. Lo tenía calado.

Ahora que disfruta de su jubilación, quizás debería dedicar su tiempo a leer algo de historia naval rigurosa o, en su defecto, a cultivar un silencio que sea, al menos, la mitad de profundo que el océano donde descansa el Bismarck.

El Bismarck, en el dique flotante durante su puesta a punto. Pueden observarse los timones gemelos y las tres hélices.


El acorazado británico HMS King George V, en escala 1/72 en la sala del Museo Grand Central. Este buque, fue uno de los verdugos del Bismarck en el desenlace final de la operación Rheinübung.


3- “Estados Unidos tiene solo dos portaaviones pues no puede pagarse más. Además, el Saratoga es de la segunda guerra Mundial” (Chivo loco. Clases de historia en el Colegio Virgen de la Vega de Benavente. 1984)


Le recuerdo perfectamente tras la neblina de tabaco que usted exhalaba con esa suficiencia tan propia de quien se cree un oráculo en una provincia sitiada por el adobe, y que gracias a gente como usted, se ha precipitado al abismo del mal gusto y la mediocridad. Su barba de chivo, recortada con la precisión de quien carece de humor, y esas gafas de sol... ¿Intentaba ocultar el vacío de sus pupilas o simplemente se protegía de la luz de una verdad que no podía tolerar?

Afirmó usted, en varias ocasiones, con la rotundidad de un axioma, que los Estados Unidos solo poseían dos portaaviones por "incapacidad económica". Qué grosería tan fascinante. La ignorancia, cuando se viste de autoridad, tiene un sabor metálico, muy parecido al de la sangre de un animal anémico.

Permítame que, desde el Museo —donde hay más modelos a escala de buques que pelos en su barba de chivo—, le refresque la memoria que usted tan negligentemente trató en aquel 1984. Mientras usted fumaba en clase, la Armada de los Estados Unidos no solo no estaba en la indigencia, sino que operaba trece portaaviones de ataque.

Sí, trece. Incluyendo los gigantes de la clase Nimitz, como el USS Dwight D. Eisenhower (CVN-69) o el propio USS Nimitz (CVN-68), que ya surcaban los mares con propulsión nuclear. No eran barcazas de madera, querido Chivo loco, eran ciudades de acero capaces de proyectar el miedo en cualquier latitud.

Y sobre el USS Saratoga (CV-60)... ¡Ah, qué delicia de error! Afirmar que era un vestigio de la Segunda Guerra Mundial es como decir que un buen solomillo es simplemente "carne muerta". El Saratoga era un superportaaviones de la clase Forrestal, comisionado en 1956, y que tenía tres buques hermanos. No luchó contra los japoneses en el Pacífico; fue diseñado para portar un grupo de vuelo de casi cien aviones durante la Guerra Fría. Confundirlo con el viejo Saratoga (CV-3) de 1927, que está hundido en el atolón de Bikini, tras ser usado como cobaya en las pruebas nucleares “Crossroads”, denota una falta de paladar intelectual que me resulta... apetitosa. De hecho, este error, es lo que en el sector llamamos “El error del principiante” Usted, no es ni siquiera eso.

Incluso en aquel 1984, el presidente Reagan estaba reactivando los imponentes acorazados de la clase Iowa, como el USS New Jersey (BB-62), cuyas salvas de 16 pulgadas hacían temblar el suelo mucho más de lo que usted hacía temblar a sus alumnos con sus imbecilidades de barra de bar.

Me pregunto si aún conserva esa barba de chivo. Me gustaría saber si ha aprendido a distinguir los datos de los deseos, o si sigue siendo ese hombre que prefiere la seguridad de una mentira cómoda al rigor de un hecho documentado. La mala educación es el primer paso hacia la falta de civilización, y usted, en 1984, fue un bárbaro con gafas de sol. Antes de continuar, vamos a ilustrar su mente de grillo atolontrado con unas fotos, de los portaaviones estadounidenses en activo en 1984, e incluyo una foto del viejo USS Saratoga CV-3, que nada tiene que ver con el Saratoga CV-60.

USS Kitty Hawk CV-63


USS Forrestal CV-59

USS Enterprise CV-65

USS Saratoga CV-60

USS Ranger CV-61

USS Independence CV-62

USS Midway CV-41

USS Coral Sea CV-43

USS J. F. Kennedy CV-67



USS América CV-66

USS Constellation CV-64

USS Nimitz CV-68

USS Eisenhower CV-69

USS Saratoga CV-3




4- “El acorazado “Ise” no existe, hombre, eso no existe, es el Elysee, el Elysee” (Chivo loco,1996 mientras veía un modelo del acorazado hecho por un servidor, ante mi Padre y ante el Doctor Brel, a la sazón poseedor de una de las mayores bibliotecas navales de España, que quedó perplejo ante la afirmación)


Debo confesarle que la risa que pasamos ese día, una vez que usted hubo abandonado el local, fue impagable. Esa capacidad para borrar la ingeniería naval del Imperio del Sol Naciente de un plumazo, o mejor dicho, de un bufido, es casi envidiable. "No hombre, nooo", dijo usted, con la autoridad que solo otorgan décadas de tiza, gafas de sol y tabaco barato. "Eso no existe, es el Elysee, el Elysee".

¡Ah, la audacia de la ignorancia! Es como confundir un chuletón de buey con una salchicha de gasolinera.

Verá, mi estimado académico de lo inexistente, el acorazado Ise no solo existió, sino que fue una pieza de una complejidad exquisita, casi tan deliciosa como un Vega Sicilia. Formaba parte de la clase que llevaba su nombre, junto con su hermano el Hyūga. Pero lo que hace al Ise un espécimen fascinante para el estudio —y no para el olvido— fue su metamorfosis tras el desastre de Midway.

El acorazado Japonés Ise, tras su transformación, con una cubierta para hidroaviones en popa.

A falta de portaaviones, los japoneses, en un alarde de pragmatismo desesperado, decidieron amputarle las torres de artillería traseras (la 5 y la 6, para ser exactos) para injertarle una cubierta de vuelo. Se convirtió en un acorazado-portaaviones, una quimera de acero, Chivo loco. Un híbrido. Un monstruo. Yo tengo cierta debilidad por los monstruos que mantienen la compostura, ¿lo comprende?

Tenía un desplazamiento de unas 36.000 toneladas y lucía unos cañones de 356 mm que habrían reducido su querido Palacio de Pimentel a polvo de ladrillo en un par de salvas. Pero usted, con esa terquedad tan castellana, prefirió invocar el Élysée.

¿A qué se refería exactamente? ¿Al palacio parisino donde reside el presidente francés? ¿O quizás su mente, ya algo polvorienta, divagaba hacia los campos elíseos de la mitología? Confundir un coloso de los mares, un acorazado diseñado para escupir fuego en el Pacífico, con un palacio de estilo clásico en el Faubourg Saint-Honoré es un error de una grosería... primitiva. Es como intentar maridar un Chateau Petrus con un plato de kikos. Una falta de respeto a la etiqueta de la realidad.

La rudeza es una enfermedad muy extendida hoy en día, Chivo loco. Le sugiero que dedique sus tardes de retiro a ojear algún volumen de la Jane's Fighting Ships en lugar de sentar cátedra sobre lo que no conoce. O dicho en términos españoles, sobre lo que no tiene ni puta idea. El Ise terminó sus días hundido en aguas someras en Kure, en julio de 1945, desguazado después de la guerra. No desapareció por un error terminológico suyo; desapareció bajo las bombas, conservando su dignidad de acero.


5- “La energía nuclear no se controla, tiran los residuos radioactivos en el agua que sale de las centrales, y el plutonio sale de una mina” (Chivo loco. 2015)


Me divierte sobremanera saber, pues lo he escuchado en primera persona, que sigue usted predicando su particular cosmogonía sobre el átomo. Es de una ignorancia tan... rústica, que resulta casi refrescante.

Afirma usted, con la autoridad que da el desconocimiento absoluto, que la energía nuclear "no se controla". ¡Qué concepto tan delicioso! Me recuerda a los campesinos del siglo XIV que veían en el eclipse un mordisco de Dios. La fisión, mi querido Chivo loco, es una coreografía de neutrones de una precisión que usted, con su coeficiente intelectual de dos cifras, jamás podría emular. Es una disciplina matemática, un equilibrio de fuerzas tan sutil como el que separa un carpaccio perfecto de un trozo de carne cruda para perros.

Pero donde su genio alcanza cotas verdaderamente sublimes es en su teoría sobre el agua de refrigeración. "Ahí es donde tiran la radiactividad", dice usted. Visualizo, gracias a su fértil y descuidada imaginación, a operarios con palas arrojando isótopos al cauce de los ríos, como quien tira los restos de un almuerzo mediocre.

Confundir el refrigerante del reactor con un vertedero es un error de una grosería estética imperdonable. El agua que acaricia el núcleo solo transmite calor, no radioactividad. Es un ciclo cerrado, higiénico, casi monacal. Si la radiactividad se "tirara" con esa alegría, el mundo sería un lugar mucho más caótico de lo que ya es, se parecería más a su cerebro, y yo, por ejemplo, no podría disfrutar de mis vinos y mis asados sin temor a que brillasen en la oscuridad.

Y luego está lo de la mina. "El plutonio sale de una mina", asegura con la misma firmeza con la que se ajustaba las gafas de sol para ocultar su desidia. Esa afirmación es mi favorita. Es tan encantadoramente ingenua. El plutonio es un elemento artesanal, Chivo loco. No se extrae del barro como si fuera carbón para una estufa vieja; se fabrica en el corazón de los reactores. Es un hijo del ingenio humano, un sintético, no un regalo de la geología. Buscar una mina de plutonio es como buscar una mina de anuarios navales escritos por usted: una empresa destinada al fracaso de los tontos.

Me pregunto si su barba de chivo habrá encanecido más. Es curioso: usted teme al átomo, que es orden puro, mientras se entregaba al caos de la nicotina y la desinformación. El mundo, Chivo loco, sigue girando, impulsado por fuerzas, proyectos e ideas que usted no comprende y que en general desprecia pero que, afortunadamente, no necesitan su permiso para existir.

Continuemos, mi querido Chivo loco, por esta exploración a través de su indigencia intelectual. Le dejo un rastro de pienso para que no se me pierda y lo llevo atado para que no ande saltando. Uno tiene que portarse bien.


6 - “Los cañones de los acorazados de clase Iowa no hacen nada, es propaganda, solo son luces verdes” (Chivo loco. 1998)


El Capra aegagrus hircus es un animal de una terquedad fascinante, propenso a embestir contra muros que no puede derribar. Sin embargo, su afirmación de que los cañones Mark 7 de 16 pulgadas/50 calibres de la clase Iowa son mera "propaganda" no es solo una terquedad; es una descortesía hacia la ingeniería del caos que no puedo dejar pasar por alto.

Permítame que, antes de pasar a la sala de exposiciones, le ilustre sobre los protagonistas. Los acorazados clase Iowa, una serie de cuatro, entre ellos el USS Missouri, según el Naval History and Heritage Command, no portaban juguetes. Hablamos de tubos de 20 metros de largo que escupen proyectiles AP Mark 8 de 1.225 kilogramos. Imagine, profesor, un coche familiar de lujo, comprimido en una ojiva de acero endurecido, viajando a 762 metros por segundo.

Reemplazo de uno de los cañones Mark 7 16/50, a bordo del acorazado estadounidense USS New Jersey. Estas piezas, Chivo loco, se reemplazan pues se desgastan, y no precisamente por ofrecer luces de color fosforito. Estas piezas de artillería, pueden disparar un proyectil AP MK8 de 1225kg, a 38.200 metros de distancia, con una cadencia teórica de dos disparos por minuto.

Hagamos un ejercicio de imaginación, algo que a usted, vista su trayectoria le resultará sencillo. Imaginemos que el río Órbigo se ensancha hasta convertirse en un océano profundo, y que a unos 30 kilómetros de la Plaza Mayor de Benavente, un acorazado clase Iowa decide que su escepticismo es... molesto.

A la primera salva de los nueve cañones, usted ni siquiera escucharía el disparo. La física es una amante cruel: el proyectil llegaría antes que el sonido.

Si una docena de salvas (108 proyectiles en total) cayeran sobre su amada villa, el escenario sería el siguiente:

  1. La Iglesia de Santa María del Azogue: Tras el primer impacto directo de un proyectil de alta capacidad (HC), con sus 70 kg de Explosivo D, no quedaría ni el recuerdo del románico. El impacto convertiría la piedra en un polvo tan fino que podría usarse para empanar un buen Wiener Schnitzel  .

  2. El Parador de Turismo (Caracol de Benavente): Un proyectil perforante de 16 pulgadas atravesaría la torre de arriba abajo como un cuchillo caliente en mantequilla de Soria, estallando en los cimientos. El edificio no se derrumbaría; se vaporizaría en una columna de escombros de 60 metros de altura.

  3. El Paisaje Humano: La onda expansiva de una sola salva a menos de 500 metros desintegraría sus pulmones de jubilado antes de que pudiera decir "propaganda". La sobrepresión es tal que el aire mismo se convierte en un sólido momentáneo.

¿Propaganda, dice usted? Los datos técnicos del Mark 7 de 16 pulgadas en NavWeaps indican que estos cañones pueden perforar hasta 9 metros de hormigón armado. Benavente, con su trazado medieval y sus edificios de ladrillo, no ofrecería más resistencia que una servilleta de papel ante un soplete. Tras la duodécima salva, Benavente no sería un punto en el mapa, sino un cráter humeante de vidrio y ceniza, un bodegón post-apocalíptico de una belleza desoladora.


Usted, querido "Chivo Loco", es un ejemplo fascinante de cómo la ignorancia y la fantasía de mal gusto puede oxidar los engranajes de la lógica. Negar la capacidad de destrucción de un acorazado de clase Iowa es como negar la finura de un buen Vega Sicilia o la precisión de un escalpelo de obsidiana: es, simplemente, de mala educación.

Tenga mucho cuidado con lo que balbucea. El mundo es mucho más peligroso de lo que dictan sus prejuicios de charlatán barato.


7- “Los barcos estadounidenses en la Batalla de Santiago de Cuba, disparaban por encima del horizonte, y los buques españoles llevaban cañones de madera” (Chivo loco. Clases de historia en el Colegio Virgen de la Vega de Benavente. 1985)


A estas alturas de nuestro recorrido, he de decir que me fascina su apodo, "Chivo Loco"; pues hay algo en la taxidermia mental de su discurso que me recuerda a un cabrito mal curado. Dice usted, con una ligereza que asusta, que los estadounidenses, durante la batalla de Santiago de Cuba, disparaban "por encima del horizonte" y que nuestros barcos lucían cañones de madera.

Permítame que me sirva un vino – para ahogar la risa - con el fin de darle una disección más precisa que sus recuerdos. Es de mala educación confundir el vino con el vinagre, y la historia con el sainete.


Para empezar, esa noción de disparar "por encima del horizonte" es una fantasía geométrica deliciosa. El 3 de julio de 1898, la Armada de los Estados Unidos bloqueaba la boca del puerto a una distancia de entre 6.000 y 8.000 yardas (unos 5,5 a 7,3 kilómetros). A esa distancia, querido Chivo loco, los barcos no están "tras el horizonte"; se ven con la claridad de un salchichón sobre la tabla de cortar. De hecho, el intercambio de fuego más intenso se produjo a quemarropa para los estándares navales: entre 1.000 y 3.000 metros mientras los cruceros de Cervera intentaban ganar la costa.

Sobre los "cañones de madera"... oh, qué imagen tan rústica. La realidad es más trágica y menos... forestal. Los cruceros acorazados de la clase Infanta María Teresa portaban magníficas piezas Hontoria de 280 mm y de tiro rápido de 140 mm. El problema no era el material, sino el mantenimiento: los cierres estaban defectuosos y la munición no era idónea. El único que podría haber hecho honor a su inventiva era el Cristóbal Colón, que salió a combatir sin su artillería principal de 254 mm porque la empresa italiana Ansaldo no la entregó a tiempo. Iba, efectivamente, desarmado, pero de acero, no de pino.

Usted confunde la impericia logística con la carpintería. Los estadounidenses, con sus acorazados, dispararon miles de proyectiles (unos 9.500), aunque su puntería fue atroz: apenas un 3% de impactos. Pero ese 3% bastó para convertir las cubiertas españolas, llenas de madera real en sus acabados interiores, en hogueras flotantes.

Los primeros acorazados en poder disparar con precisión “por detrás del horizonte” fueron los cuatro Iowa estadounidenses tras su puesta a punto en los años 80. Y eso fue así, Chivo loco, porque fueron equipados con vehículos remotos - UAV – que permitían, a través de cámaras de alta resolución, ver desde la CIC del buque los blancos, a través de los monitores, sin necesidad de verlos a través de la óptica o el radar.

Le sugiero, profesor, que antes de volver a pontificar sobre el 98, o ponerse a hablar de artillería, se asegure de que sus fuentes no son tan huecas como un tronco de madera.


8 - “Pero...¿Qué es eso de la batalla de Leyte? ¡Qué imaginación! (Chivo loco. 2006, ante un diorama ambientado en la batalla)


La Anatomía de la Ignorancia

Es fascinante, en un sentido casi clínico, observar cómo un hombre dedicado a la enseñanza puede descartar la mayor batalla naval de la historia moderna como un producto de la fantasía. Me pregunto, querido Chivo loco, si su risa es un mecanismo de defensa contra lo vasto, o si simplemente su mente es un jardín demasiado pequeño para albergar algo más que arbustos domésticos.

Permítame refrescar su memoria, o quizás, fertilizar ese terreno baldío:

  • La magnitud: No hablamos de una escaramuza de juegos de mesa. Leyte involucró a más de 200,000 tripulantes y una flota que oscureció el horizonte del Mar de Filipinas.

  • La desesperación: Fue allí donde nació el viento divino, el Kamikaze, el último grito de un imperio que prefería convertirse en ceniza antes que en vasallo.

  • El sacrificio: El hundimiento del Musashi, esa catedral de acero que tardó horas en aceptar su destino bajo las olas, no es un cuento de hadas. Es una tragedia wagneriana.

  • Para que su próxima carcajada tenga al menos un fundamento técnico, considere estos hitos que ocurrieron mientras la realidad superaba a su limitada ficción:

  • El Estrecho de Surigao: Fue la última vez en la historia que se "cruzó la T" en una batalla naval. Los acorazados estadounidenses, muchos de ellos resucitados del lodo de Pearl Harbor, esperaron en la oscuridad. La destrucción del Yamashiro y el Fusō no fue producto de la imaginación; fueron convertidos en ataúdes de hierro bajo un fuego de artillería tan preciso y salvaje que parecería quirúrgico, si no fuera por la carnicería resultante.

  • Samar: Algo que desde luego no fue cosa de risa fue ver pequeños destructores enfrentándose a gigantes. El USS Johnston cargando contra el acorazado Yamato (lEl acorazado más grande jamás construido, del que usted sin duda no sabe nada), que a su vez disparaba contra los pequeños portaaviones de escolta estadounidenses, es una lección de voluntad sobre la materia. Allí, hombres de verdad fueron despedazados por proyectiles de 460 mm mientras usted, décadas después, se burla de su sacrificio y del trabajo de los demás.

  • El nacimiento del viento divino: Fue precisamente en Leyte donde debutaron oficialmente los Kamikazes. La desesperación japonesa se transformó en una estética del suicidio ritualizado. Aviones cargados de explosivos impactando contra buques de guerra. ¿Le parece eso un cuento de hadas?

Negar la existencia de Leyte frente a un diorama, para colmo realizado para hacerle a usted un favor, es como observar el Guernica de Picasso y reírse de la "imaginación" del autor por pintar toros con cara de hombre. No es una falta de conocimiento; es una grosería intelectual propia de un jabalí.

Su jefe, con esa crueldad tan honesta que poseen algunos sacerdotes, le llamaba "Chivo loco". Es un apodo curioso. El chivo es un animal testarudo, propenso a balar ruidosamente contra lo que no comprende y a cornear por instinto en lugar de por estrategia.

La locura, por otro lado, suele ser un don o una maldición de los profundos. En su caso, me temo que es simplemente la desorientación del que ha perdido el mapa de la realidad y se siente orgulloso de su extravío

Espero, con una paciencia que solo el tiempo sabe cultivar, que la próxima vez que se encuentre ante un diorama, guarde un silencio reverente. No por respeto a los muertos, que ya no pueden oírlo, sino por respeto a su propia dignidad, que se le escapa entre las risas.


9 – “En el muro de Berlín, la gente no saltaba hacia Berlín occidental. Eso es propaganda. La gente huía en masa hacia Berlín oriental” (Chivo loco. 2006)


He degustado con cierta curiosidad – mi Padre y yo comentábamos esto a menudo entre risas - sus afirmaciones sobre el Antifaschistischer Schutzwall —el Muro de Protección Antifascista, como preferiría llamarlo su nostálgico corazón, o el Muro de Berlín, como solía llamarlo la gente de la calle—. Afirmar que el flujo migratorio de la Guerra Fría consistía en una masa humana desesperada por abrazar las bondades del comunismo en el Este no es solo una mentira; es una grosería intelectual que ofende incluso al paladar más desprevenido.


La Anatomía de su Engaño

Para un hombre que presume de enseñar, su desprecio por la aritmética es fascinante. Permítame refrescarle la memoria con datos que, a diferencia de sus soflamas, no se disuelven bajo el escrutinio:

  • La Hemorragia Pre-Muro: Entre 1949 y 1961, aproximadamente 2.7 millones de personas abandonaron la RDA hacia el Oeste. La magnitud fue tal que la Alemania Oriental perdió a un sexto de su población, principalmente a sus ciudadanos más jóvenes y educados (la llamada Republikflucht).

  • La "Cifra ": Durante los 28 años de existencia del muro, se estima que más de 5,000 personas lograron escapar con éxito hacia Berlín Occidental. Las cifras de quienes lo intentaron en sentido contrario —su supuesta "huida en masa" hacia el paraíso comunista— son tan anecdóticas que apenas alcanzan para llenar un vagón de metro, y la mayoría eran agentes de la Stasi o individuos con serios desajustes mentales.

  • El Costo de la Utopía: Al menos 140 personas murieron directamente en el Muro intentando huir hacia el Oeste. No fueron abatidas por soldados occidentales intentando impedirles la entrada al "Edén socialista", sino por los guardias fronterizos de la RDA, bajo la Orden de Disparar (Schießbefehl).

Es curioso, Chivo loco: si el Este era el destino anhelado, ¿por qué las minas antipersonal, las armas y los perros de presa apuntaban hacia adentro y no hacia afuera? Sin duda es un problema de orientación. Aplique su factor 9, busque una mina de plutonio, disfrácese de corsario con cañones de madera, y quizá encuentre el norte. Por supuesto, y según usted, en Alcatraz, los sistemas de seguridad estaban diseñados para impedir que los habitantes de San Francisco entrasen en la prisión, pues había hordas deseando hacerlo, como es normal, millones de personas huyen cada año a la Cuba de los hermanos Castro, las cebollas crecen en las encinas, los pollos tienen dos cabezas, la tierra es plana, los submarinos vuelan y los aviones van bajo el agua. Su apodo, Chivo loco, se queda muy corto. Con mucho gusto le explicaría, Chivo loco, lo que es una brújula, las esferas de Thomson y el concepto de compensación de la aguja náutica, con el fin de que se orientase. Al margen de que su coeficiente intelectual le impide entender tales conceptos, me gusta y lo prefiero así de imbécil y anormal. 

 Diagnóstico sobre la "Psicología del Chivo loco"

Lo que me resulta verdaderamente delicioso es analizar qué ocurre dentro de su cráneo. Usted sufre de una variante particularmente virulenta de disonancia cognitiva.

Para sostener su ideología, ha tenido que construir un muro en su propia mente, mucho más alto y gris que el de Berlín. Usted necesita que la mentira sea verdad porque, de lo contrario, tendría que admitir que ha dedicado su vida a adorar un sistema que solo podía retener a sus fieles mediante el cemento, el alambre de espino y el plomo.

Usted no es un ignorante accidental; es un ignorante voluntario. Hay una cierta arrogancia en su mediocridad: se cree un visionario que desentraña la "propaganda", cuando en realidad solo es un loro, con ninguna gracia, que repite las consignas de una oficina de prensa que dejó de existir hace décadas por su propia incompetencia. Su apodo, «Chivo Loco», es apropiado: usted embiste contra los hechos con la cabeza baja, ciego a la realidad, esperando que el mundo se amolde a sus deseos mediante la fuerza de su testarudez.

Epilogo

Le devuelvo ahora a su ruidosa mediocridad, o a su establo, para ofrecerle de postre algo que, sospecho, le ha sido esquivo durante toda su vida: una pizca de consciencia. He estado recordando ciertos archivos de mi memoria de 1984, un año que Orwell imaginó como el triunfo de la vigilancia sistémica, pero que usted prefirió convertir en el escenario de su propia y asquerosa barbarie doméstica.

Resulta fascinante, en un sentido puramente clínico, observar cómo un retrasado mental como usted intenta ejercer autoridad. Un hombre de intelecto tan limitado que debe recurrir a un vaso de madera para martillear su voluntad en la cabeza de un niño. ¿Era el vaso un símbolo de su propia rigidez cerebral, o simplemente el objeto más contundente que su mente de idiota lleno de nicotina, nublada por el resentimiento, pudo encontrar?

Desde la perspectiva de la Psicología Clínica, su conducta no es más que una manifestación de narcisismo compensatorio. Al sentirse intelectualmente inferior frente a la potencialidad de un alumno, usted intentó fracturar ese potencial físicamente. Es la patología del matón de aula, del típico chulo de putas maltratador: una mezcla de sadismo reactivo y una profunda incapacidad para procesar la frustración mediante el lenguaje, esa herramienta que a usted, como ha quedado demostrado, claramente le falta.

Usted no enseñaba; usted proyectaba su propia vacuidad. Cada golpe era un testimonio de su fracaso como educador y como hombre. La pedagogía del trauma es el refugio de los que no tienen nada que decir, y usted, Chivo Loco, es un desierto absoluto de ideas.

Me pregunto... ¿todavía siente ese cosquilleo de poder al recordar el sonido de la madera contra el cráneo? ¿O acaso el miedo ha empezado a devorarlo, sabiendo que el tiempo suele poner a los depredadores torpes en el lugar que les corresponde? La grosería es una enfermedad epidémica, y usted es un foco de infección, un cochino y miserable hijo de puta que merece una cuarentena permanente, o un tajo en la carótida con un bisturí quirúrgico.

No se moleste en responder. Como ya le dije, los teléfonos del Museo, el correo y la puerta, están cerrados para usted. Sus palabras serían tan rudimentarias como su técnica de castigo. Simplemente sepa que lo observo, no con odio —el odio es una emoción demasiado rica para alguien tan insípido—, sino con la misma curiosidad con la que un entomólogo observa a un escarabajo que se ha quedado atrapado en su propio estiércol.

Usted mismo puede comprobar el éxito de su pedagogía, de sus imbecilidades y de sus comentarios de envidioso barato, en mi trabajo. Uno, no sabe si reír o llorar.


Como dijo un amigo, que disfrute de su miserable vida, aunque le quede poca.

Sinceramente,


José Luis Blanco García. Museo Grand Central.


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