2 jun. 2018

Benavente 1990.

Benavente.  1990.

El rascacielos T-158 se ubicaría entre las calles Francos y Candil. Con sus 158 plantas y 630 metros de altura, sería en ese momento el edificio más alto del Mundo. Contaría con tres mil plazas de garaje, trescientos apartamentos, sesenta y cinco plantas de oficinas, un hotel, un centro de convenciones y un helipuerto.
Vamos hoy a ocuparnos de un proyecto que se gestó a finales de los ochenta y principios de los 90. Este proyecto nunca ha salido a la luz pero ahora me ha parecido adecuado exponerlo a modo de curiosidad. De este modo, los benaventanos que nos siguen podrán divertirse un rato a la vez que disfrutarán soltando un poco la imaginación.
      En los años 80 todo parecía posible en Benavente. Era una ciudad pujante y dotada de una actividad comercial fuera de serie. Benavente disponía de la mayor planta azucarera de Europa, el segundo mercado de ganado de España – solo detrás del de Torrelavega – Llegó a contar con cinco fábricas de harina, más de treinta entidades y sucursales bancarias y además era el núcleo de comunicación más importante del noroeste de España.  Las empresas de transportes eran amplias y numerosas. Hace unos meses dije que los benaventanos no habían sido muy buenos aficionados a la fotografía pero en cuestión de usar el coche, no hay quien les pase por encima. Eso se notaba por las calles y se notaba en las ventas de los concesionarios de coches.  El paro era más bien escaso en la ciudad y la misma, apuntaba bien alto.  Se calculaba que para el año 2000, Benavente tendría unos 50.000 habitantes. Algunas lenguas atrevidas afirmaban – no sin cierta razón - que se sobrepasaría a Zamora en lo que a población se refiere.
      Muchas grandes empresas estaban interesadas en instalarse en Benavente debido a su buena ubicación. A saber, una alcoholera, Fasa y leciñena entre otras.  La ciudad disponía de más de cien establecimientos de hostelería, algunos de ellos de renombre a nivel nacional y de un pequeño comercio amplio y arraigado. Si una ciudad estaba destinada a crecer en todos los aspectos, esa era Benavente.
      A finales de los 80, se acometieron una serie de obras de adecuación de los principales viales de la ciudad consistentes en, pavimentado, aceras y bulevares. Estas obras fueron una importante mejora pues la ciudad – sin pretender ser ofensivo – parecía más un pueblo grande que otra cosa. A partir de ahí fue mucho más cómodo para todos el poder circular y moverse sin necesidad de pisar barro o de tragar polvo. Por tanto, la imagen general de Benavente pasó a ser mucho mejor y la ciudad se revalorizó.
     En 1989/90 el primer gran boom inmobiliario de Benavente estaba en marcha. La profusión de grúas era tal que la ciudad parecía el jodido astillero de Belfast en sus mejores años. Se construyeron algunos edificios interesantes desde un punto de vista arquitectónico pero cierto es que también se hizo mucha basura.  En algunos casos no quedaba más remedio que hacerla pues la forma de algunos solares parecía diseñada para reventar los nervios del arquitecto de turno y para complicar todo hasta límites insospechados.
      No voy a ocultar a estas alturas que siempre he sido un megalómano. Me gusta todo a lo grande y a decir verdad, no disfrutaba con lo que veía. Cuando presentamos la maqueta de Benavente en la Oficina de Turismo de la localidad, tuve la ocasión de cambiar impresiones al respecto de lo que es Benavente a día de hoy en lo que a edificios se refiere.  Cierto es que se conservan algunas edificaciones interesantes pero estas son más bien escasas. La realidad es que Benavente ha pasado de ser una ciudad señorial a ser una ciudad dormitorio. 
       Esa manía mía de hacer todo a escala superlativa y la facultad que tengo de dormir un par de horas al día, conspiraron para hacer realidad – al menos sobre el papel – el fantástico proyecto de ubicar un rascacielos de más de seiscientos metros de altura en Benavente.
       La idea original del T-158 – así se denominaba el rascacielos – surge en 1989 y en 1990/91 el proyecto está perfilado en unos cincuenta planos realizados a lápiz en un tablero de dibujo. De esos cincuenta planos que ahora he recuperado, solo tres se pasaron a tinta en papel vegetal. Ahora estoy pasando todo el proyecto a Autocad y actualizándolo con renderizados que veremos en breve y que nos permitirán ver con gran realismo cómo habría lucido este edificio en Benavente. Estos planos se expondrán en el Museo según estén disponibles.
      Cuando el Astillero Harland & Wolff de Belfast realizó el proyecto de los buques de clase Olympic – entre los que se encontraba el Titanic –  los diseñadores no se complicaron la vida. Cogieron el proyecto de un buque anterior – el Oceanic – y basaron el nuevo proyecto en él, extrapolando las dimensiones de la nave.  El diseño del Oceanic era muy bueno y se trataba de un buque muy estable, fiable y con una tecnología probada y comprobada. ¿Por qué vas a cambiar algo que es bueno?
      El pequeño tamaño del casco urbano de Benavente y su ubicación sobre un alto, dificultaban la labor de darle al rascacielos el aspecto apropiado. Debía ser algo que se viera pero que a la vez no llamara la atención a pesar de su altura y tamaño. Debía adaptarse a la forma de la ciudad.  El diseño no terminaba de salir y cuando uno se encebolla lo mejor es dejarlo y despejar la cabeza.
       En estas estaba cuando un día decidimos revisar la película “El coloso en llamas”. Cuando acabó la misma volví a visionarla dos veces. No solo para disfrutar de las magníficas interpretaciones de Paul Newman, Steve Mc, Queen y William Holden sino para examinar el edificio que, sin duda es el principal protagonista de la obra.  Cuando acabó el segundo visionado de la película, decidí que haría lo mismo que hicieron los irlandeses solo que, en este caso no era necesario extrapolar medida alguna. Se trataba de completar y dar sentido a un edificio que en la película aparece de un modo parcial. Había que definir la distribución de algunas de las plantas, crear núcleos de comunicaciones y otras muchas cosas.  También había que decidir la ubicación. Esto último no fue difícil. Una serie de paseos por Benavente y su extrarradio me sirvieron para encontrar las soluciones adecuadas.
      A la hora de diseñar o mejor dicho, adaptar este edificio a la ciudad, decidí hacer un estudio de viabilidad del mismo con el fin de disponer de la mayor cantidad posible de datos. Para ello consulté con el director de una sucursal bancaria local y con un arquitecto. Los datos, que luego comentaré, estaban basados en las previsiones de crecimiento de la ciudad, su parque automovilístico, posible demanda de viviendas y oficinas y en las previsiones de nuevas inversiones a nivel industrial. Las previsiones, como todos sabéis, han resultado ser fallidas pero el resultado del estudio fue sorprendente.

De San Francisco a Benavente.
      
El T-158 habría dejado muy pequeños a la mayor parte de los rascacielos de la época.
      Las características del rascacielos son interesantes.  El edificio en el que está basado el T-158 fue diseñado por un arquitecto para la productora de la película citada y hay que decir que, en esencia, se trata de un edificio “protesta”. Esto puede resultar chocante pero hay que recordar que en los años sesenta y setenta, los grandes rascacielos norteamericanos que se construían eran básicamente cajas, destinadas a lograr el máximo espacio útil posible. El resultado de esta línea de diseño era feroz y de dudoso gusto. Ciudades como Nueva York y Chicago se llenaron de estas “cajas” cuyos máximos exponentes fueron las ya desaparecidas torres del World Trade Center y la Torre Sears de Chicago. Hay que señalar aquí que la Torre Sears presenta esa forma escalonada porque está inacabada. De haberse terminado por completo, habríamos visto alzarse un monolito negro de setecientos metros de altura sobre el que probablemente sea el estado más plano de Estados Unidos. El resultado habría sido demoledor. Estos edificios tan enormes en lo que a términos de volumen se refiere, tenían y tienen el problema de que, a pesar de su altura, son oscuros en su interior pues la luz natural no llega a la mayor parte de sus zonas habitables. El T-158 habría sido muy estrecho en comparación con su altura y esto era así por tres motivos. El edificio debería ser luminoso, no debería llamar la atención más de lo debido y por último, las necesidades de superficie útil en Benavente – por mucho que creciera -  no iban a ser las mismas que en las ciudades citadas. La clientela potencial para comprar en el inmueble sería asimismo distinta. No se trataba pues de dibujar un rascacielos sin más sino de dragar hasta qué punto habría sido viable.  Algunos de los nuevos rascacielos que se han construido o se están construyendo en Manhattan tienen mucho en común con éste. Se trata de edificios muy estrechos y estilizados, que rompen con los diseños antes citados.
      El T-158 ocuparía todo el espacio comprendido entre las calles Candil y Francos. La entrada principal se situaría en la Plaza de la madera y los vehículos accederían a las 3.000 plazas de garaje a través de un sistema de túneles. A estos se podría acceder desde la propia plaza o bien desde la estación de ferrocarril. La primera fase del rascacielos, consiste en una estructura inclinada de dieciséis plantas sobre un atrio de dos mil metros cuadrados de superficie. Los pórticos de acceso al vestíbulo, realizados en mármol rojo tendrían una altura de seis plantas. Esta primera fase alojaría centros comerciales, un hotel y cines. Desde aquí se accedería a los cinco núcleos de comunicación del rascacielos. Estos se elevarían a lo largo de la fase dos hasta la planta sesenta y cinco donde se convierten en cuatro. Desde la planta dieciséis hasta la sesenta y cinco, solo habría oficinas. En la planta cuarenta se ubicaría una zona técnica y en el núcleo de comunicaciones dos se instalaría un montacargas pesado capaz de subir un automóvil hasta la última planta. La fase tres del rascacielos se extendería desde la planta sesenta y cinco hasta la planta ciento cincuenta y dos. Esta zona estaría destinada a los trescientos apartamentos con los que contaría el edificio. Estos se podrían diseñar a gusto del cliente. Todos y cada uno de ellos sería exterior y estaría climatizado. Esto último era un factor importante debido a la imposibilidad de abrir las ventanas a esa altura. Entre las plantas ciento cincuenta y dos y ciento cincuenta y siete, tendríamos una zona destinada a maquinaria y por último, en la planta ciento cincuenta y ocho se ubicaría un bar/restaurante panorámico con una capacidad de trescientas personas. A este se accedería desde el núcleo de comunicaciones dos y desde los seis ascensores panorámicos instalados en grupos de tres sobre las fachadas este y oeste. El diseño del edificio, en forma de cuña,  permitiría una vista espectacular desde cualquiera de los panorámicos hacia el norte  y hacia el sur. A estas alturas – nunca mejor dicho – ya habríamos violado el límite de altura en edificaciones en esa zona por quinientos ochenta metros de modo que no pasaría nada por violarlo un poco más. Por ello, sobre la planta ciento sesenta se instalaría una plataforma de aterrizaje para helicópteros. Esto último habría sido en realidad peligroso debido al viento en la parte superior y a las turbulencias creadas por el propio edificio.  Ya he relatado en una entrada anterior alguna experiencia atroz – con muertos incluidos – relacionada con este tipo de instalaciones en rascacielos.
      Desde la planta sesenta y cinco hasta la 158 se instalarían plantas técnicas a intervalos de veinte plantas, empezando a contar desde abajo. Los seis ascensores panorámicos comunicarían directamente el vestíbulo con el restaurante ubicado en la última planta, sin paradas intermedias.
      Os dejamos el alzado oeste del rascacielos ya realizado en Autocad. Es el primero de los planos que se ha recuperado. En breve vendrán más y con ellos se irá completando la entrada.

       Un saludo a todos.  La dirección.